Mi pasión por la montaña no tiene límites. El arte que desarrollo en mi vida diaria está influenciado por la naturaleza. Me ofrece muchos recursos para desarrollar mis proyectos. ¿Y por qué no? Andar 3500 kilómetros durante cinco meses y explorar todo lo que te ofrecen las montañas más antiguas del mundo, Los Apalaches, en Estados Unidos.
He vivido momentos inolvidables y ha sido la experiencia más enriquecedora que he tenido hasta ahora.
He podido apreciar vistas espectaculares que pensaba que no existían, solamente en películas de ficción. El estado de Maine fue un descubrimiento, pensaba que estaba viviendo en un cuento de fantasía. Y lo increíblemente bonito fue ir apreciando el cambio de las estaciones. Empecé disfrutando de los colores del verano donde el verde intenso era el predominante, según iba avanzando los colores iban cambiando, rojo vino, violeta, marrón. Así hasta que los árboles se iban quedando sin hojas y éstas iban formando una gran alfombra de colores a lo largo del camino. A veces era tanta la cantidad de hojas que no veías el suelo y alguna que otra piedra irrumpía en tu camino. ¡Ay, la piedra! ¡Pero qué bonito el paisaje!Había días que la dureza del camino era aliviada por la buena compañía de los hikers.
Recuerdo momentos que mis rodillas no querían avanzar. Estaban hinchadas y doloridas. Encima estaba lloviendo y no creas que el calzado que llevaba era bueno porque tenía más agujeros que un colador. Era el tercer par que gastaba. Al final del día cuando llegas al refugio, a veces ya de noche, y ves un fuego encendido se te pasan todos los males. Tienes calor de hogar y una buena compañía donde mantener una charla y como no unas risas al tiempo que cenas el cuscús que habías soñado durante todo el día. ¡Qué momentos compartidos!